ABUSO CONTRA HISPANO-HABLANTES
I HATE THE "TRUMPISMO"
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07/02/2026
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I HATE THE "TRUMPISMO"
El trumpismo no es un accidente ni una simple excentricidad política; es el síntoma visible de una democracia que lleva tiempo enferma. Donald Trump no creó ese malestar, pero supo explotarlo con precisión brutal, convirtiéndose en la voz de un movimiento que desprecia la complejidad, rechaza la verdad cuando incomoda y confunde el poder con el derecho a humillar. El trumpismo no se sostiene sobre ideas sólidas ni principios éticos, sino sobre una lealtad ciega al líder y una narrativa constante de confrontación, donde siempre hay un enemigo al que culpar y nunca una responsabilidad que asumir.
En este fenómeno, los hechos dejan de tener valor propio y pasan a ser herramientas descartables. La verdad importa solo si sirve al relato, y cuando no lo hace, se la ataca, se la ridiculiza o se la reemplaza por una mentira repetida hasta el cansancio. Periodistas, científicos, jueces y funcionarios que no se alinean son convertidos en traidores o parte de una conspiración imaginaria. Así, el trumpismo erosiona la confianza pública y normaliza la desinformación como estrategia política, no como error, sino como método.
Este movimiento también ha reciclado viejas formas de odio, presentándolas como autenticidad o “sentido común”. El racismo, la misoginia y la xenofobia no aparecen como fallas morales, sino como gestos de valentía, como si despreciar al otro fuera una forma de honestidad. Se trivializa la violencia, se minimiza el daño a las víctimas y se legitima el desprecio hacia quienes ya están en posiciones vulnerables. Todo se convierte en espectáculo, y el aplauso importa más que las consecuencias reales sobre vidas humanas.
El trumpismo entiende la política como un negocio personal y el Estado como un botín. El poder no se concibe como una responsabilidad colectiva, sino como una herramienta para premiar aliados, castigar adversarios y alimentar egos. La corrupción deja de ocultarse y se exhibe con orgullo, mientras cualquier intento de fiscalización es atacado como persecución. En lugar de rendición de cuentas, hay victimismo permanente; en lugar de autocrítica, agresión.
Cuando la democracia no produce el resultado deseado, el trumpismo la pone en duda. Se cuestionan elecciones, se desacreditan instituciones y se debilitan los límites que impiden el abuso de poder. No hay respeto por los contrapesos ni por el estado de derecho, solo una obsesión por ganar, incluso si para ello es necesario incendiar la confianza social. Este desprecio por las reglas no es rebeldía ni antisistema; es una forma de autoritarismo disfrazado de indignación popular.
A pesar de todo, el trumpismo sigue siendo atractivo porque ofrece respuestas simples a problemas complejos. Promete recuperar una grandeza vaga, sin explicar para quién ni a costa de qué. Alimenta el miedo, lo transforma en ira y luego lo dirige hacia blancos fáciles. Es una fantasía cómoda, pero profundamente destructiva, porque exige menos pensamiento y más odio, menos empatía y más obediencia.
Oponerse al trumpismo no es una cuestión de ideología refinada ni de superioridad moral; es una defensa básica de la verdad, de la dignidad humana y de la idea de que nadie debería estar por encima de la ley. El trumpismo no representa el futuro ni una alternativa valiente al sistema, sino una regresión peligrosa que debilita la democracia desde dentro. No es fuerza, es abuso. No es libertad, es imposición. Y cuanto más se normaliza, más urgente se vuelve señalarlo por lo que es: una amenaza construida a base de miedo, mentira y desprecio.
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Comments
No entiendo nada teta pro apoyo to lo k dices. Hay k kemar a los k mandannnnn